7.10.05

CONTAMINACION LUMINICA

El exceso de luz también contamina.- A.I./MADRID.

Además de la contaminación provocadas por los gases y la contaminación del ruido, ahora se estudia otra que es la lumínica, provocada por el exceso de luz

Todos somos ya conscientes del problema de la contaminación y cada vez hay un mayor interés por enfrentarse a él. Cuando pensamos en contaminación generalmente lo hacemos en relación a la atmosférica, o a la de ríos y mares, e, incluso estamos hablando de contaminación acústica, el insoportable ruido que cada vez nos afecta más. Pero existe otro tipo de contaminación que afecta a la mayor parte de la población actual en los países desarrollados y que está siendo estudiada y contemplada por los responsables de salud y medio ambiente. Se trata de la contaminación lumínica, que se une a la contaminación atmosférica y a la acústica, y que, como ellas, afecta sensiblemente a los ciudadanos.

¿Y qué es la contaminación lumínica? Se define como la dispersión por la atmósfera de los excedentes de luz que se producen principalmente en las grandes áreas urbanas. Estos excedentes de luz se producen sencillamente por una mala gestión tanto pública como privada de la energía. Actualmente estamos acostumbrados a comprobar, cuando nos alejamos de las ciudades, como sobre las grandes concentraciones urbanas existe un halo luminoso que la cubre a modo de paraguas.

Los efectos de la contaminación lumínica son varios. Los más acusados son la dispersión hacia el cielo de la luz con el consiguiente desperdicio; la intromisión lumínica en nuestras viviendas; el deslumbramiento y el sobreconsumo de electricidad.

En primer lugar debe considerarse que toda la luz que se pierde, que no sirve para iluminar espacios concretos, supone un derroche de energía consumida. Por poner un ejemplo, un estudio realizado por Greenpeace en la Comunidad de Madrid asegura que se pierden anualmente por este concepto más de un millón y medio de euros.

Efectos nocivos

La excesiva iluminación causa, además del coste de la energía perdida, otros efectos nocivos para la población. El excesivo nivel lumínico en una calle o plaza obliga a los vecinos a cerrar completamente las persianas o contraventanas, lo que puede producir efectos nocivos sobre el sueño, y en épocas calurosas obligan a escoger entre el confort climático o el lumínico. La proliferación de anuncios luminosos, con intensidades variables o iluminación en movimiento, añade un factor desestabilizador, dificultando el descanso.

La eliminación total de esta contaminación en nuestras viviendas es casi imposible, ya que la luz se refleja en suelo o paredes. Aunque no existen aún estudios sobre el grado en el que la contaminación lumínica afecta a los ciudadanos, sí que hay algunos análisis de los que se deduce que las personas se ven afectadas de diversa manera, según el tipo de luz al que estén expuestos.
Y lo que parece claro es que los ciclos corporales están en sintonía con los ciclos naturales de la luz.

Deslumbramiento

El deslumbramiento, por su parte, está provocado cuando la luz de una fuente incide directamente sobre los ojos, y es más intenso cuanto más adaptada a la oscuridad esté la visión ocular. El modelo actual de nuestras ciudades potencia el deslumbramiento, y una persona deslumbrada carece de seguridad y ve mermada su capacidad de respuesta en carretera al no percibir detalles inmediatos, es decir, un exceso de luz es contrario a veces a una buena visibilidad, sobre todo si el exceso está mal dirigido.

A todo esto hay que añadir que este empeño en sobreiluminar implica un incremento en la generación de energía por las centrales hidroeléctricas y térmicas del país, lo que trae consigo una mayor emisión de CO2 (dióxido de carbono) a la atmósfera, aumentando el problema del calentamiento global del planeta (efecto invernadero).

Para rebajar la contaminación lumínica de las ciudades y aprovechar correctamente la energía, se ha de actuar en dos frentes diferentes. Por una parte, debe diseñarse adecuadamente la ubicación y mecanismo de iluminación, de forma que no se sobrepasen la intensidad necesaria o no se creen áreas de iluminación diferenciada en el mismo barrio. También deben utilizarse luminarias que dirijan la luz únicamente sobre las zonas o superficies que deben ser iluminadas y no sobre su entorno, evitando así que la luz sea emitida hacia arriba.

Estos criterios afectan a muchas de las farolas que existen en nuestras ciudades, en las que el báculo o soporte está coronado por un globo esférico que disipa la luz en todas direcciones. Colocando en la parte superior del globo un elemento que refleje la luz de su lámpara, se consigue, utilizando luminarias de menor potencia, la misma intensidad de visibilidad en la zona iluminada. Y con ello se ahorra energía, traducida en euros, y se reduce simultáneamente la contaminación lumínica y las molestias en las viviendas circundantes.

Las actuales farolas y casi toda la red de alumbrado están diseñados casi siempre utilizando el rasero de la estética en lugar del de la funcionalidad, y la luz que emiten en vez de estar dirigida, en muchas ocasiones, hacia el suelo se pierde en el cielo. Esto provoca que la luz que ilumina por encima del horizonte no cumpla con su cometido y por consiguiente es lanzada hacia la atmósfera con el consecuente desperdicio energético.